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Column No.5040s

HISPANIC LINK

02/20/11

  

RUBÉN SALAZAR – EL HOMBRE, NO EL MITO

Por Sally Salazar

Hispanic Link News Service

  

(Nota del editor:  La esposa de Rubén Salazar, Sally, redactó esta columna para Hispanic Link News Service en agosto de 1980, a diez años de la muerte de Rubén. Había sido vecina y amiga del editor principal de Hispanic Link, Charlie Ericksen, antes que Rubén se uniera al Los Angeles Times como reportero. Su entrevista con Hispanic Link marcó la primera vez que se expresara públicamente referente a la trágica pérdida que sufrieran ella y sus tres hijos cuando murió Rubén a manos de un sheriff asistente del condado de Los Angeles.)

 

Todos sabían que sería un día de tensión extrema.  Las emociones crecían alrededor de la involucramiento de los Estados Unidos en la guerra de Asia Sudoriental.  Estas se superponían a un antagonismo cada vez mayor de la comunidad mexicano-americano contra el sistema de instrucción pública y la policía.

  

El desfile en el Este de Los Angeles, aquel último sábado de Agosto, hace 10 años, había de ser una expresión de protesta de los chicanos contra la guerra.  La “marcha de moratoria” del 29 de Agosto de 1970 había de efectuarse a más de 30 millas de nuestro hogar suburbano en Santa Ana, Condado de Orange.

  

Por aquella época, mi esposo Rubén era director de noticias de la KMEX, la estación de televisión en español de Los Angeles.  El había asignado un grupo para cubrir el acontecimiento.  No tenía que ir él mismo.  Realmente no quería ir.  El “arrastró los pies” toda la mañana.  Probablemente yo podría haberlo convencido de que se quedara en casa.

  

Rubén había cambiado en aquellas pocas semanas últimas.  Siempre que salía de la casa, ponía cuidado especial en decirme exactamente dónde se iba a encontrar — algo que nunca había hecho antes.  Empezó a venir del trabajo directamente a casa todas las tardes.  Aquella semana había quitado todos los cuadros de las paredes de su oficina.  También limpió su billetera.

  

Cuando un reportero que trabajaba con él en la KMEX tomó prestadas algunas otras fotografías para mandar a hacer algunas copias — fotos que Rubén había traído al regresar de Viet-Nam — Rubén le tiró su directorio de números telefónicos para contactos de noticias.

  

Rubén le dijo:  “Te lo pediré le lunes.  Si no regreso, quédate con él”.

Unos pocos días antes de eso, un antiguo amigo de la Prensa Asociada vino a cenar y Rubén hablaba sobre su trabajo y su nueva involucramiento en la comunidad mexicano-americana.

  

“Todo me está yendo bien”, recuerdo que dijo Rubén.  “Algo tiene que salir mal.  Algo tiene que suceder.

  

“Tú sabes,” agregó, “necesitan un mártir”.

  

Por cualesquiera razones que los periodistas tengan para hacer esas cosas, Rubén fue al desfile aquel sábado.

  

La historia registra que nunca regresó a casa.

  

Rubén fue muerto por un proyectil de gas lacrimógeno de la policía.  Perdí a mi esposo.  Nuestros tres hijos — Lisa, Stephanie y Johnny, de sólo 9, 8 y 5 años de edad entonces — perdieron a su padre.

                                

Ahora, diez años después, mis recuerdos se confunden por los murales y los recordatorios y una creación fabricada en la mente del público — alguien a quien otras personas llaman Rubén Salazar, pero a quien no reconozco por completo hasta el día de hoy.

  

No alego que éramos nosotros las únicas personas que conocían a Rubén.  Pero sí lo conocíamos muy bien.  Era lo que un esposo y padre debe ser.  Hay una edad a que llegan los niños, en que sus padres comparten una medida mayor de su tiempo y de ellos mismos con los hijos.  Nuestros hijos habían llegado a esa edad y Rubén había correspondido.

  

El los amaba y también amaba a su esposa rubia anglo-americana — a mí.

  

El Rubén Salazar que se convirtió en causa para un millón de jóvenes activistas chicanos y en símbolo para otros millones de todo el país — tanto hispanos como no hispanos — era alguien que él mismo puede solamente haber estado en trámite de descubrir.

  

El Rubén que yo conocí había dejado atrás el barrio, en El Paso, Tejas, muchísimos años antes.  En una entrevista con Newsweek publicada sólo dos meses antes de su muerte, se describió a sí mismo como “de clase media y partidario del Establecimiento.”  Su comida favorita era bistec y maíz.  Le gustaba llevar trajes marca Louis Roth.  Nuestro círculo de amigos lo formaban periodistas, y Rubén no amaba nada más que enfrascarlos en debates extensos sobre los asuntos del día.  La parte intrigante de él consistía en que podía abrazar y en efecto abrazaba cualquiera de los dos lados de una discusión.  A veces cambiaba de ubicación en mitad del argumento.

  

Rubén tenía 42 años cuando lo mataron. En sus 10 años con el Times de Los Angeles, se hizo cargo de toda clase imaginable de asuntos.  El día siguiente al Día de las Madres, en 1965, lo enviaron a Santo Domingo a informar acerca de la revolución en la República Dominicana.  De ahí fue a Viet-Nam.  Eso le complació porque sintió que, al fin, el periódico lo consideraba un reportero completo, no solamente un reportero mexicano.

  

“Por lo menos no obtuve la asignación porque hablaba español”, me dijo.

  

Después de eso, pasamos 3 años en la Ciudad de México, donde fue el jefe de la oficina del Times (de Los Angeles), antes de regresar a California en 1969.  Siempre que estaba en Los Angeles, el periódico lo asignaba a cubrir la comunidad mexicano-americana.

  

En abril de 1970 fue a la KMEX, pero el Times le pidió que escribiera una columna semanal sobre los asuntos mexicano-americanos.

  

“El Times acabó por conseguir mucho más que lo que había negociado”, comentó el artículo de Newsweek.  Es posible que lo que ocurrió en aquellos pocos meses siguientes haya desatado alguna reacción en cadena que cambió al hombre y creó al mito.  Lo que sucedió ciertamente afectó a su sentido de decencia y de equidad, cualidades que siempre habían sobresalido en Rubén.

  

Nacido en Juárez, inmediatamente al sur de la frontera en El Paso, Rubén disfrutaba de su papel como intérprete de la cultura y del pueblo.  Lo hacía mientras no hubiera ninguna implicación que él no podía competir con sus colegas de origen anglo como uno de sus iguales.

  

Su orgullo de su ascendencia mexicana era absoluto, pero sus gustos y ambiciones se mezclaban con otro mundo en el que él decidió competir.  No pedía disculpas a ninguna de ambas comunidades por ser un hombre en medio de ellas.

  

Algunas veces yo sentía que él se sentía un poco culpable por llevar una existencia tan “anglificada”, pero él todavía sentía un deleite peculiar en que yo lo acompañara a las actividades organizadas por los militantes de aquella época.

  

“Vas a sacudir a los mexicanos esta noche”, bromeaba conmigo.

  

Pero un Rubén distinto puede haber ido tomando forma en aquellas semanas finales.  Más que otra cosa cualquiera, el tratamiento de la policía y las actitudes de ésta hacia los mexicanos y mexicano-americanos ocasionaron que surgiera. 

  

Cuando la policía de Los Angeles, buscando a un fugitivo asesino, dio muerte por equivocación a algunos trabajadores indocumentados asustados, Rubén asignó personal de la KMEX para informar del asunto con lujo de detalles.

  

El departamento de la policía se dirigió al jefe de Rubén en la KMEX, Danny Villanueva.  Dijeron que la comunidad mexicana de Los Angeles no se había desarrollado lo suficientemente como para escuchar o leer tales historias.  Pusieron en tela de juicio la objetividad de Rubén — en efecto, su honradez profesional.

  

Ahí fue donde se equivocaron.  Cuando Rubén sabía que tenía la razón, nadie podía intimidarlo ni amedrentarlo. Lo que la comunidad veía era el valor de Rubén.  Lo veían como alguien que podía hacer frente a la estructura de poder anglo-americana y retarla.  No podía retroceder porque sabía que tenía la razón en lo que hizo y el modo de que lo hizo.

  

La fuerza de sus propias palabras lo envolvió muy rápidamente.  Hizo que se bajara de su torre de marfil, que saliera de la balsa de goma en la piscina de nuestro traspatio, donde él hallaba la vida digna de vivirse.

  

Desde la muerte de Rubén, han venido a mí extraños para decirme muchas cosas acerca de mi esposo. Me dicen cómo acostumbraban a verlo difundir las noticias en televisión todas las noches.  En realidad, como director de noticias de la KMEX, nunca apareció frente a las cámaras. Me dicen cuán elocuente era en español.  Nuevamente, él nunca apareció como comentarista.  Su idioma para comunicarse era el inglés.

  

Tantas personas me han dicho:  “No conocí bien a su esposo, pero me tomé un trago una vez con él. . .”

  

Si él hubiera tomado todos los tragos que la gente dice que tomó con él, no hubiera tenido tiempo nunca para escribir una palabra, mucho menos para encontrar el camino a su casa de noche.  Puesto que nuestros hijos estaban creciendo, a él le gustaba hallarse en casa para la cena, y le molestaba que el programa de noticias lo mantuviera en el estudio hasta las 8:30 todas las noches. 


No hace mucho, llevé a una de nuestras hijas a un banquete de presentación de premios, donde se celebró a Rubén como un gran y formidable “dirigente del barrio”.

  

Cuando los oradores terminaron, mi hija se volvió hacia mí y dijo:  “Mamá, ellos no están hablando de mi padre”.

  

Debiera halagarme el que los murales del barrio coloquen a Rubén junto a Benito Juárez y a César Chávez.  Debiera lisonjearme el que tantos extraños le atribuyan tantas proezas.  En muchas formas, es así.  Pero el Rubén que ellos describen no es el Rubén que yo conocí.

  

No es el Rubén Salazar que vivía en nuestra casa.  No es el Rubén gentil y ocurrente con quien mis hijos y yo contábamos y a quien amábamos.

  

Si se le hubiera concedido más tiempo sobre la tierra, Rubén podría haberse convertido en esa otra persona.  El tenía la capacidad de estar a la altura de las circunstancias y de sobrepasar lo que otros esperaban de él.

  

Pero eso es algo que nunca sabremos.

  

(Traducción de José Roig.)

  

© 1980

FIN