| Retorno del Expatriota de la 'Nacion del Burrito'
(Primera de una serie de dos partes)
Edward Barrios Acevedo
| Column No. 4053s |
HISPANIC LINK |
04/03/05 |
Column 2 |
| For op/ed, feature or food section |
Me encanta la comida mexicana. La comí mientras me criaba en California del Sur.
La extrañé, en particular durante los años en que trabajé y viajé a través de Europa. Incluso, en cualquier momento hubiera cambiado una de las exquisitas comidas internacionales que saboreaba por un burrito gigante de carne asada de King Taco.
Al llegar hace dos años al frío aire de otoño de Suecia, pensar en acostumbrarme a comer el equivalente de ramitas y yogur para el desayuno, o morcilla o arenque encurtido para la cena era como pedirme que dejara de tomar café. Eso no sucedería nunca, me dije.
A medida que pasaba el otoño y el invierno de Suecia se tornaba crudo y oscuro, necesitaba comida reconfortante con desesperación. Las enchiladas, los tamales y el menudo me hubieran venido muy bien. Ansiaba comenzar mi día con pan dulce mexicano caliente y fresco o con huevos con chorizo, bañados en salsa picante Tapatío, enrollados en tortillas humeantes y calientes.
En cambio, bebía filmjölk, una bebida láctea agria parecida al yogur aguado, a la cual se le agrega un puñado de arándanos o nueces. A los suecos les encanta esta bebida y la compran por galones (en realidad, por litros).
Me alimentaba, a regañadientes, con el famoso pan crujiente del país, el knäckebröd. Sabía a tortillas para tacos gruesas y rancias, incluso con queso rebanado, jamón o mantequilla. Una vez a la semana disfrutaba de los panqueques con moras amarillas, que eran excepcionalmente deliciosos.
Suecia no es el fin del universo. Guiado por mi deseo ardiente de comida rápida, encontré a McDonald’s, Pizza Hut, Burger King y hasta Subway, todos los establecimientos familiares para mí. Pero no eran convenientes y ciertamente no eran económicos. Las combinaciones de comidas con frecuencia costaban el doble de lo que costaban en los Estados Unidos, y si deseaba ketchup para mis papas fritas, tenía que pagar un cargo adicional.
A medida que pasaba el tiempo, me fui haciendo más receptivo a la saludable dieta sueca. Al igual que el resto de los habitantes de Europa, los suecos no son aficionados a los alimentos procesados. Casi todos los alimentos se preparan en el hogar a partir de cero, lo que los hace más frescos y sabrosos.
Después de algunos meses, me sorprendí comprando filmjölk. Hasta desarrollé una preferencia por una marca de pan crujiente y de arenque encurtido. Me acostumbré a comer rebanadas de morcilla con mermelada de arándanos rojos, algo que jamás hubiera considerado hacer unos meses antes.
En vez de salir a cenar fuera de la casa, aprendí a comprar alimentos saludables y a cocinarlos en la casa. Los restaurantes se reservaban para ocasiones especiales, en parte por sus costos extremadamente altos y también por las porciones pequeñísimas (normales para ellos) que servían a los clientes europeos.
En Suecia, trabajé como maestro en tres escuelas diferentes. En ninguna de ellas las máquinas expendedoras de alimentos proporcionaban el almuerzo del día. En su lugar, los estudiantes recibían comidas bien balanceadas de calidad casera, servidas en tranquilos comedores, con frecuencia iluminados con velas, en un ambiente de conversación serena y sosegada.
Como maestro con experiencia de trabajo en el área urbana de Los Angeles, esta situación me pareció asombrosa. Observé muy poco aletargamiento en la mañana en mis estudiantes suecos, ni subidas o bajones bruscos de azúcar en las tardes. Tampoco observé comportamiento descontrolado en ellos durante el día.
No soy nutricionista pero podría apostar a que todo esto se debía a una dieta saludable.
Mi estilo de vida cambió por completo. Como no necesitaba el auto, caminaba a casi todas partes – al trabajo, las tiendas, los museos y las salas de cine. Cuando no caminaba usaba la excelente transportación pública. Unos meses más tarde estaba más delgado y me sentía mejor de salud.
Cuando regresé a los Estados Unidos, deseaba, más que nada, hincar mis dientes en una pila de taquitos con guacamole fresco en El Cholo en Los Angeles. De hecho, exigí que me llevarán allí directamente desde el aeropuerto.
Cuando di la primera mordida a los taquitos con los que había soñado durante tanto tiempo, me sorprendí. Aunque estaban muy sabrosos, no me satisfacían por completo.
¿Habían cambiado mis papilas del gusto? Definitivamente mi estómago y su reacción a la grasa habían cambiado.
Pocos días después de mi regreso, me sorprendió mi deseo de comer un poco de pan crujiente y arenque con eneldo para el almuerzo.
Mi mamá siempre dice: “Sin lugar a dudas, tú te acostumbras a lo que sueles hacer”. De regreso en casa, con diez libras menos, no tenía intenciones de contradecirla.
(Edward Barrios Acevedo se desempeña como consejero, maestro y escritor independiente. Es autor de “Dancing Under the Sun” y de “The Ultimate Teen Relationship Guide!”. Comuníquese con él por correo electrónico a: Edwardfactor@yahoo.com)
© 2005. Hispanic Link News Service.
04/03/05
FIN |