| Despues de Treinta Años, Graduado de la Escuela Secundaria en Bronx Mira su Espejo Retrovisor
Julio Barreto
| Column No. 4105s |
HISPANIC LINK |
07/31/05 |
Column 3 |
Este verano marca los treinta años desde que me gradué de la escuela secundaria en una ceremonia en la Catedral de San Patricio, en la ciudad de Nueva York. Como con cualquier joven de 18 años, no me daba cuenta de lo que significaba ese momento. Después de tres décadas de reflexión, considero al diploma que recibí entonces con más orgullo que los otros diplomas que recibí después. ¿Por qué? Porque para un joven puertorriqueño del Bronx, es un reflejo de quién soy, de dónde vengo y lo lejos que he venido desde que dejé Nueva York hace treinta años.
Me gradué de la escuela secundaria Cardinal Hayes en 1975. La escuela se recoge en el sur del Bronx, en lo que sigue siendo el distrito congresional más pobre per cápita de todo el país. Cuando me gradué, la escuela era un reflejo de lo que era la ciudad de Nueva York. Eramos hispanos, negros, blancos (más que nada irlandeses e italianos) y asiáticos. La mayoría de nosotros proveníamos de familias entre pobres y clase obrera. En gran parte se nos definía por nuestros barrios y las parroquias en las que nos criamos.
Yo me crié en los proyectos Edenwald en la parte norte del Bronx. El barrio consistía de familias blancas, primordialmente, pero con el pasar de los años se volvió más una comunidad integrada con familias negras e hispanas que llegaban.
Los deportes y los juegos nos dominaban el tiempo libre. Nos mantenían ocupados el béisbol, básquetbol, fútbol americano, pelota y contra la pared. Como muchos atletas universitarios y de escuela secundaria, nuestra proeza atlética la medíamos según el orden en que nos seleccionaban para los equipos.
Aprendí cómo pensaba la gente de uno en base al color de tu piel o donde vivías. Las familias circundantes, en su mayoría blancas, no querían que sus hijos estuvieran con nosotros, los chicos de los “proyectos”, como si fuéramos una especie enfermiza.
Yo soy el cuarto de cinco hijos, el único hijo varón de padres puertorriqueños que nacieron y se criaron en la isla. Mis padres se conocieron, se enamoraron y se casaron en Nueva York. Nosotros éramos puertorriqueños de primera generación. Mi hermana menor y yo nos educamos en el sistema escolar católico, al cual entré en el cuarto grado. Pasé de desaprobar en la escuela pública a ponerme bien inteligente al enterarme que las monjas te cacheteaban por no poner atención.
En septiembre de 1971 entré a Hayes, un chico flaco de seis pies de alto, 130 libras, con nuevos lentes y granos para decorar mi rostro. No era el chico más seguro de sí, pero como muchos de mis compañeros de clase, me habían instruido las lecciones de la calle en parecer “cool”. Durante esos cuatro años de escuela secundaria, crecí como persona. Jugué cuatro años de fútbol americano, es verdad, pero no jugaba muy bien; corría larga distancia y actué en una obra de teatro. Participaba en la orquesta de la escuela, desfilé por la Quinta Avenida el Día de San Patricio unas cuantas veces, me presenté en conciertos de la escuela y de a pocos gané suficiente confianza en mí mismo como para dejar Nueva York.
Viajé al norte del estado, recibí un título universitario de una escuela estatal, salí del estado, a Filadelfia, a sacar una maestría y eventualmente llegué hasta Washington, D.C., donde hace 24 años me he dedicado al oficio de periodista primero, y después de defensor, y ahora como ejecutivo con una asociación nacional de vivienda. Durante ese periodo me casé, crié a un hijo quien ahora asiste a la universidad en Nueva York. Logré toda una vida de experiencias que nunca soñé alcanzaría viviendo en los “proyectos”.
Mis compañeros de secundaria y yo nos uníamos en nuestro desdén por la disciplina y las exigencias de los curas y profesores, pero después de cuatro años nos volvimos más que chicos de diversos barrios, nos volvimos hombres de Hayes. Vimos más allá de nuestras diferencias y nos unimos en una hermandad. Maduramos, tuvimos éxitos.
Hoy Hayes continúa formando a muchachos en hombres. Mientras que el gasto promedio por año para un niño de las escuelas públicas de Nueva York es de $11,474, el gasto promedio por estudiante en Hayes es de $7,330. Tiene la matrícula anual menos costosa entre las escuelas de secundaria católicas: $4,900. Un tercio del cuerpo estudiantil recibe asistencia financiera. El 99 por ciento de los estudiantes de Hayes se gradúa, y de ellos el 96 por ciento continúa sus estudios en una universidad. El 65% aproximadamente es hispano, el 34% afro-americano.
Muchas personalidades prominentes, como John Sweeney, presidente de la AFL-CIO y celebridad de la televisión, Regis Philbin estudiaron en Hayes. Entre los hispanos, el congresista José Serrano es de Hayes. Otras personas notables son Eddie Sánchez, con mucho éxito en Wall Street, y Manuel Villafane quien ha iniciado exitosamente una serie de empresas médicas.
Entre mi promoción están David González, periodista premiado del New York Times, artista de latin jazz, nominado al Grammy, Bobby Sanabria, en el campo de la medicina David Torres, Carlos Rivera, Christian Guzmán y Arthur Badillo, y en el campo legal, Peter Fuster, George Gabriel y Eddie Hernández.
No sé qué camino habría seguido si hubiera asistido a otra escuela. Lo que sé es que asistí a Hayes, y por eso soy mejor persona. Hasta el día de hoy cargo el diploma tamaño billetera, plastificado, que nos presentaron el día de la graduación. Me recuerda que soy un chico del Bronx quien ha recibido muchas bendiciones. He llegado a comprender que es quien soy y todo lo que quiero ser.
(Julio Barreto llegó a Washington como becario en periodismo con Hispanic Link News Service)
© 2005, Hispanic Link News Service
07/31/05
FIN |