| Un Desafio a las Grandes Ligas de Béisbol
Julio C. Malone
| Column No. 4110s |
HISPANIC LINK |
08/14/05 |
Column 2 |
| Para la sección deportes u opinión |
Una red compleja de supercarreteras repletas, interconectando a un sinnúmero de colonias superpobladas de termitas, fluye al interior de los muros de su casa. El niño de un salto calza sus zapatillas desgastadas, y sale al camino lodoso en busca de aire fresco, algo de comer, o al menos una esperanza. Allí llega el descubridor de jugadores de béisbol, vendiendo ilusiones, ofreciendo miles de dólares a los buenos jugadores.
Cada dólar vale 30 pesos, una cantidad halucinante de dinero.
A los quince años, indigente y persiguiendo sueños, deserta la escuela para entrar en un campamento de entrenamiento de béisbol. Adentro, se inyecta con un cóctel fatal de esteroides de animales para poder rendir lo que el descubridor espera. Todo lo hace por el dinero.
Los equipos contratan a los mejores de entre una oferta generosa de muchachos henchidos de esteroides, abandonando a la gran mayoría, fuertes, guapos, sin educación y sin empleo. Muchos se vuelven criminales; otros entran en las argollas de prostitución que sirven a la caudalosa industria del turismo en la República Dominicana.
En 2001, Lino Ortíz, un tirador de 19 años, murió tras inyectarse con un cóctel de esteroides de puerco, caballo y vaca. Su amigo, el jugador José Manuel Avila, de los Boston Red Sox, le dijo al Washington Post que el 70 por ciento de los posibles jugadores dominicanos ingería cocteles de esteroides de animales.
Casi el 50 por ciento de los de las ligas menores es dominicano, pero el tzar de las drogas del béisbol de las grandes ligas, Robert D. Manfred, Jr., se merece el premio de jugador de mayor valor por negarse a hacerles prueba de detección de esteroides. Es demasiado “caro y complicado”, dijo, antes de decir, “No queremos pasar por el inodoro un montón de plata”. Recalcó esta escabullosa declaración hueca: “Estamos intentando reunir información y volver a evaluar lo que queremos estar haciendo”. Ahora lloriquea, “Por desgracia, las leyes en la República Dominicana nos prohíben suspender a los que cometen la infracción de inyectarse esteroides y hacer del funcionamiento de un programa óptimo más difícil”.
Vaya tamaña tontería.
No existe ley alguna que prohiba que los patrones veden sustancias que afectan directamente la productividad de sus empleados.
Durante las peroratas del Congreso antes de empezar la temporada, el demócrata de California, Henry Waxman, preguntó si algún “país extranjero diabólico” estaba metiendo de contrabando los esteroides a los Estados Unidos. Que se ajuste al expediente histórico; los que olvidan la historia serán olvidados por la historia.
Utilizando investigaciones confiscadas de laboratorios nazi como botín de guerra, el doctor John Ziegler, un hincha del levantamiento de pesas, produjo los primeros esteroides en un laboratorio en York, Pensilvania, en 1958, para ayudar a los Estados Unidos contra los soviéticos en las olimpiadas.
Los dominicanos aceptaron los esteroides como otro milagro estadounidense, como la vacuna contra la poliomielitis de antaño o el McDonald’s de hoy. Pero entonces los Estados Unidos les volteó la torta, controlando aquí los esteroides, pero los laboratorios estadounidenses continuaban produciendo y distribuyéndolas libremente allá abajo, creando situaciones de sublime ridiculez.
Frank Almonte, tele-evangelista en Queens, fue detenido en el aeropuerto JFK en Nueva York al intentar traer esteroides ilegales para su hijo de doce años, levantador de pesas. Las acusaciones contra él se retiraron ya que compró los esteroides legalmente en la República Dominicana.
A los dominicanos se les enseñó todo sobre los beneficios de los esteroides, nada sobre sus peligros. Nuestra ignorancia y pobreza, condimentada con esteroides y cocida en los huecos de escapatoria del sistema legal internacional, han resultado muy remunerables para los magnates del béisbol. Una polinización “malévola” de drogas y avaricia ha producido esta locura a base de esteroides, orientada por el rendimiento, que termina asesinando tanto a niños estadounidenses como dominicanos.
Bob Dylan preguntará:
How many dead kids will it take ‘til we know that too many children have died?
(¿Cuántos niños tendrán que morir hasta que sepamos que han muerto demasiados?)
Nosotros debemos preguntar:
¿En verdad queremos que el béisbol inspire a nuestros hijos a la vez que perjudica a tantos otros niños?
¿Será que tendrían que formar una coalición los hinchas a morir Fidel Castro, Kim Jong II y Hugo Chávez para lanzar un ataque de avanzada y rescatar a Cooperstown de convertirse en Steroidstown?
Béisbol, alguna vez luz de la esperanza, nuestro mejor embajador de buena voluntad al mundo, ahora mata a los mismos chicos que antes sacaba de la pobreza. Y pronto empezará a dar fuelle al anti-americanismo, al menos que la reclutación de las grandes ligas se comprometa globalmente con un programa serio de pruebas de detección de esteroides.
La historia del béisbol es haber sido pionero con la integración racial con Jackie Robinson. Con una campaña de reclutamiento global, el viejo juego estará exportando las normas laborales de los Estados Unidos para proteger, eventualmente, a los trabajadores a nivel mundial.
Eso es hacer historia.
En este mundo “con nosotros o contra nosotros” todos tienen que tomar una posición: con o contra la historia, con o contra el béisbol sano. Ahora les toca jugar a los políticos, dirigentes sindicales y magnates empresariales.
(Periodista dominicano, Julio C. Malone, es becario del Knight Center for Specialized Journalism, y autor de "Sammy Sosa in 9 Innings." Comuníquese con él por correo electrónico a: editor@hispaniclink.org)
© 2005, Hispanic Link News Service
08/14/05
FIN |