| Viaje al Pasado:
Un Dia de Campo un Niño de Diez Años
Raymond Rodríguez
| Column No. 4116s |
HISPANIC LINK |
08/28/05 |
Column 2 |
Me dio tristeza la noticia del desplomo y la muerte de tres trabajadores de campo más, tras ser obligados a trabajar bajo el sol abrasador de California, que no da tregua en el Valle Central durante los meses de verano.
Murió uno de los trabajadores por no haber recibido ninguna protección contra el sol. El patrón sentía que no era necesario dársela por lo que los parrales daban algo de sombra. El ganado del Valle recibe mejores cuidados que los trabajadores del campo.
Me encolerizó saber lo poco que habían cambiado las duras condiciones bajo las que trabajé yo en los campos \ ¡hace más de sesenta años!
Sin padre a los diez años, durante la gran depresión, no tenía otro remedio que buscar trabajo en los campos de cultivo a las afueras de Long Beach. La jornada que duraba diez horas empezaba a las siete de la mañana. Me limitaba a un área de tres millas alrededor, por lo que llevaba una hora caminar esa distancia. Cuando tuve bicicleta, acepté trabajos más lejos.
Basándome en mis experiencias, no recomiendo el trabajo de campo para ganarse la vida ni criarse. Las condiciones eran en extremo primitivas. Nunca trabajé en una granja o rancho que ofreciera inodoro. Cuando la naturaleza llamaba, los hombres, las mujeres y los niños desaparecían entre el matorral a la mano y cumplían con sus necesidades.
Durante la época de calor, el tema del agua potable era problemático. Se cargaba un jarrón de agua al trabajar en los ranchos de cultivo seco. Para tener agua templada, se envolvía el jarrón en un morral mojado y se ocultaba bajo un arbusto sombreado. Al trabajar el cultivo de verduras, se bebía de las acequias. Los trabajadores con experiencia te decían que no bebieras demasiado por lo que te podrías enfermar.
Algunos masticaban tabaco o un puro para mantener fluida la saliva, así disminuyendo la necesidad de agua.
Mis patrones eran mexicanos, belgas, chinos y japoneses.
Los asiáticos eran muy estrictos. No se nos permitía hablar cuando trabajábamos. A mi padrino lo despedieron por hablar. Tuvo las agallas de responder que trabajaba con las manos y no con la boca.
Una vez, al terminar de podar una hilera con el infame asadón de mango corto, me senté a descansar mientras mis compañeros terminaban. El capataz me despidió por sentarme.
Se rociaba el cultivo con pesticidas los días de poco viento. No se nos dio nunca protección contra los quimicos, ni se nos dijo qué clase de quimicos contenían los pesticidas o si nos harían daño. Al fin del día, tendría yo la ropa empapada de los pesticidas.
Lo único que odiaba más era cosechar las fresas. Se irrigaban de noche, y por la mañana había que arrastrarse por las hileras largas, frías y llenas de lodo. No es raro que los trabajadores mayores sufrían de numerosas enfermedades artríticas; el cultivo era más importante que el bienestar de los trabajadores. No faltaba la mano de obra barata mexicana.
Hoy se acentúa el problema porque se calcula que un 80 por ciento de todos los trabajadores agrícolas no tiene documentación legal. Los patrones saben que no tienen que temer ni juicios, paros ni protestas. Hasta el mismo Sindicato de Trabajadores Agrícolas Unidos pocas veces puede armar un boicoteo o una protesta eficaz.
Gracias a la fuerza de las asociaciones de cultivadores, se han ido minando los esfuerzos por monitorear las condiciones de trabajo en el campo.
Después de quince años de retrasos, este verano se presentó un proyecto de ley ante la Asamblea de California que autoriza al gobernador Arnold Schwarzenegger a tomar acción preventiva de emergencia para evitar que haya más muertes. A pesar de que cada uno de los republicanos votó en contra, la ley se aprobó. Si la aprueba el Senado, y la firma el Gobernador, podrá todavía llevar meses en ser implementada.
Las protecciones que ofrece son mínimas. Por ejemplo, una provisión que requiere que se dé sombra a los trabajadores entra en vigencia sólo cuando las temperaturas pasan los 95 grados fahrenheit.
Como nación, continuamos siendo una paradoja cruel. Honramos formalmente el sacrificio de toda una vida de César Chávez, pero racionamos nuestra enorme riqueza sobre una escala de compasión que excluye a los que laboran bajo un sol abrasador por darnos de comer.
(Raymond Rodríguez, de Long Beach, California, es profesor universitario jubilado. Comuníquese con él por correo electrónico a: rayrodriguez@earthlink.com)
© 2005, Hispanic Link News Service
08/28/05
FIN |