| Un ‘Triunfo’ de Castro que Llego con el Huracan Wilma
Marisella Veiga [Photo]
| Column No. 4148s |
HISPANIC LINK |
11/13/05 |
Column 1 |
Muy de mañana el miércoles, a dos días del huracán Wilma que pasó por el sur de la Florida, viajé en auto hasta Miami para visitar a mi familia. Es un trayecto fácil, cinco horas al sur por la carretera I-95.
Sabía que había escasez de gasolina después de la tormenta, entonces encontré una gasolinera a unas 50 millas al norte de West Palm Beach. Haciendo cola de media hora aprendí dos cosas importantes de una familia puertorriqueña delante de mí. Una era que habían viajado desde West Palm Beach en busca de gasolina para su carro, con lo cual hacía bien en llenar el tanque allí. La segunda era que el pollo para llevar que se vendía a nuestra izquierda era bueno.
El local estaba abierto y vendía arroz, frijoles negros y plátanos maduros para acompañar el pollo.
Compré un pollo asado entero con platos acompañantes para llevar a Miami para la cena. No le costaría nada a mi madrastra Carmen volver a calentar todo en la estufa de una sola hornilla que había comprado para la ocasión.
Yo lloraba al estacionar mi carro frente a la casa de mis padres. Los montones de desechos, los semáforos caídos, las señales de tráfico arrancados; de los rezagos del huracán Wilma me surgían malos recuerdos – mucha labor y muchas dificultades. Nunca olvidaré el huracán Andrew que destruyó el pueblo de Homestead, en el que yo daba clases, en 1992.
No obstante, mi padre y yo celebramos nuestra reunión compartiendo un café con leche, uno de los productos nuevos de Café Bustelo. Lo tomamos a temperatura de ambiente, en una casa en tinieblas. Hicimos como que era café helado de Starbuck’s, sin el hielo.
Carmen hubiera podido calentar la comida en la estufa, pero estaba en Hialeah. Su rutina semanal se había modificado, pero no se había interrumpido del todo. Tenía dos metas para esa tarde: hacerse las uñas donde Rosita, y regalarle a la misma Rosita un avecilla mansa que había encontrado justo después de la tormenta. Un vecino pasaba por la casa con el ave en la mano. Se lo mostró a Carmen, quien sacó una jaula, asegurándole al señor que le daría un buen hogar al pajarillo.
Llegaría por la tarde mi hermana Glenna en bicicleta – estaba ahorrando su gasolina para ocasiones más importantes. Llegaría antes del anochecer para cumplir con el toque de queda.
Para hacer un poco de ejercicio, decidí caminar por el barrio y ver a la gente haciendo cola para comprar gasolina. Había dos colas, una para los que habían llegado a la gasolinera a pie con balones grandes y rojos que por lo visto son un accesorio para los generadores. La otra era de unos treinta autos.
Esperé en la esquina de S.W. 22nd Avenue y Coral Way. Pronto me vi acompañada. Pasaron por allí un cubano y su esposa, para usar el teléfono público, ya que los móbiles aún no funcionaban. Iban de paseo con su chihuahua, Rubia. Pasó un autobús con la fotografía de un político, el mismo que dirigía el tránsito en esta misma esquina el martes, me contó la señora. “Al menos hacía algo”, expresó.
Quedé impresionada con los modales de los que hacían cola. Con paciencia conversaban entre ellos. Nadie hacía trampa, ni empujaba, ni gritaba.
Años atrás, durante unas vacaciones de familia a Disney World, cuando recién había abierto el parque de diversiones en Orlando, mi padre se maravillaba del orden de las personas que hacían cola para cada juego. Admiraba su paciencia. Dijo que eso no hubiera sido posible con los cubanos.
Carmen volvió de Hialeah en su auto con el parabrisas rajado, pero con el tanque lleno de gasolina. Se había conseguido también cinco bolsas de hielo.
Desde la época de Fidel Castro, explicó, los cubanos de la isla se habían acostumbrado a hacer largas colas para la comida y otras necesidades. El esperar horas cada semana se había vuelto parte de la cultura. La gente comparte información y chismes durante los momentos de espera. De alguna manera, las colas fomentaban un sentido comunitario. Se repetía en el exilio.
Fidel quizá pueda contar Paciencia al Hacer Cola como uno de los “triunfos” de su revolución. Estoy segura que nunca pensó que beneficiaría a su gente cuando se exiliara.
(Marisella Veiga, de St. Augustine, Florida, es columnista de Hispanic Link News Service. Comuníquese con ella por correo electrónico a: mveiga@aug.com)
© 2005, Hispanic Link News Service
11/13/05
FIN
|