| Cuando el Huracan Katrina se Entrometió en Mis Vacaciones en Nueva Orleans
Christine Senteno [Photo]
| Column No. 4154s |
HISPANIC LINK |
11/27/05 |
Column 1 |
Desde la primera vez que escuché a Louie Armstrong cantar “¿Sabes lo que significa el echar de menos a Nueva Orleáns?”, me han llamado los atractivos del jazz, de la buena comida, de las iglesias católicas históricas y de los tranvías llamados Deseo. Para una madre soltera del este de Los Angeles, aproveché la oportunidad de un fin de semana largo, a solas, en el lujurioso Hotel Hyatt, tomando mint juleps y en búsqueda de Harry Connick Jr.
Pero el domingo, en vez de empacar mis memorias y regresar a mi diario vivir, buscaba desesperadamente una manera, cualquier manera de salir de la Nueva Orleáns que con tantas ansias había querido experimentar. La ciudad estaba bajo desalojo voluntario. Habían cancelado mi vuelo de regreso a Los Angeles, los servicios de tren y autobús habían cesado, los autos de alquiler estaban completamente agotados, y aun mi atrevido intento de unirme a otros huéspedes del hotel que huyeran de la ciudad fue un fracaso.
Maldije mi independencia mientras me preparaba para vientos de 175 millas por hora en un hotel construido para sostener vientos de 150 mph. Tontamente me preguntaba: ¿Por qué se me ocurrió hacer este viaje sola?
Mientras los 3,000 huéspedes del hotel y yo desalojábamos nuestros cuartos hacia el inmenso salón de conferencia con sólo una manta y una almohada en mano, pensé en las familias que ví anteriormente esperando en filas por cuadras enteras, sólo para tener un lugar donde pasar la tormenta en el Superdome, que se encontraba al lado.
El alcalde de Nueva Orleáns para entonces había efectuado un desalojo obligatorio de la ciudad. Hubo unas excepciones de quiénes debían desalojar – la policía, los bomberos, el personal de emergencia, chóferes de autobuses, turistas y encarcelados. Me dio pena que los del Superdome cayeran en el último lugar.
Su crimen: la pobreza.
En la tarde del lunes, el huracán ya se había ido. Las 12 horas de viento y lluvia se escuchaban como el motor de un avión mezclado con el estallido de los cristales de las 525 ventanas del hotel.
Nadie habló durante el paso del huracán. Nos sentamos en silencio sobre nuestras mantas, al principio con sólo las noticias para saber qué sucedía afuera, y luego con sólo la leve luz de las lámparas que funcionaban con el generador.
Cuando la tormenta se calmó, pude caminar afuera. Nunca había visto nada similar. Había cristal por todos lados, que provenía de los edificios que formaban el distrito central comercial y de los autos estacionados en las calles. Los rótulos de las calles no sólo estaban caídos sino estropeados. El rótulo del Hyatt estaba justo en el medio de la calle.
No sirvieron más que desayuno y comida. Teníamos poco para comer, pero yo estaba agradecida. Todos lo estábamos. Me comí mi pan y mi pedazo de tocino como si el mismo Emeril Lagasse lo hubiera preparado. El personal del Hyatt hacía lo mejor que podía, no sólo para darnos comida, sino para atender nuestras necesidades. Una noche cenamos una alita de pollo y un palito de pescado.
Escuchamos que las personas en el Superdome estaban peores que nosotros. Por lo menos teníamos poca comida; las personas en el Superdome no tenían nada. El agua se volvió muy cotizado. De seguro, la ayuda venía de camino. El presidente había firmado una declaración de estado de emergencia incluso antes de que llegara el huracán. Aun había esperanzas, pues habíamos sobrevivido.
Como no teníamos electricidad, me dediqué a vigilar al alcalde, quien se quedaba también en el hotel. Cuando él entraba al hotel, los reporteros le rodeaban y yo los seguía. Era la única manera de obtener información. Yo regresaba al salón a hablar con otras familias quienes también hablaban para sosegar a otros. No había otra manera de repartir información. El alcalde estaba frustrado. Le preocupaba una posible ruptura del dique, y se quejaba de que FEMA, por sus siglas en inglés, había traído a “demasiados jefes y muy pocos indios”. El alcalde afirmaba que si el dique se rompía correríamos gran peligro.
Yo esperaba que la gente se uniera y se ayudaran los unos a los otros. Aquellas personas que vi llegar al hotel el día anterior vinieron preparados con cajas de botellas de agua, meriendas y comida enlatada. Muchos ancianos necesitaban ayuda. Las personas se estaban quedando sin medicamentos. Una mujer cerca de mi tenía un niño de cuatro días con ella. Llegó directo de su cesária en el hospital al hotel antes que llegara el huracán. Otra familia tenía una mujer embarazada, su esposo, dos dulces niñas y la abuela también.
Me percaté que sólo había hablado una vez en dos días cuando le pregunté a una de las niñas si quería papel para dibujar. Se estaba quejando a su mamá que quería regresar a la casa. Parecía que nadie tenía un amigo, ni nadie en quién recostarse. Ninguno compartía una botella de agua, ni ofrecía algún consuelo. Me preguntaba si los correos electrónicos y los teléfonos celulares nos habían convertido en ineptos sociales.
El martes trajo otro tipo de huracán. Mi estrategia de adquirir información probó ser una maldición. Entre los reporteros se compartían historias de mujeres en el Superdome quienes fueron violadas, niños raptados y abusados, incidentes de cuchilladas y robos. El alcalde ya estaba más que frustrado. Parecía ser egoísta el hecho de acercársele y preguntarle cuándo íbamos a poder salir de allí. Yo estaba perdiendo la esperanza.
Hubo un poco de alivio cuando el hotel nos permitió regresar a los cuartos. No teníamos aire acondicionado, ni agua, y muy poco espacio, así que un colchón parecía un regalo de Dios. Mi espalda me dolía y extrañaba a mis hijos y al hielo. Decían que la temperatura estaba en los 100 grados, y el único aire que teníamos era el que entraba por las ventanas rotas del atrio. Dormíamos en los pasillos para aprovechar la brisa de la noche, pero dejamos de hacerlo cuando la policía, que se quedaba en el hotel, salió corriendo de sus cuartos a mitad de noche con armas en manos para protegernos de los ladrones que trataban de entrar a la fuerza al hotel.
El miércoles no probó ser mejor. Aunque pude comunicarme con mi hermana en San Francisco, ella estaba frenética y yo me sentía muy mal por haberle hecho pasar por esto. A mi entender, toda la situación parecía ser más dolorosa para ella que para mí. Lo incierto era peor, y las imágenes que veía en CNN no ayudaban.
Había un plan para desalojarnos luego de sacar a todos los que se encontraban en el Superdome, pero más personas seguían llegando al Superdome y a los huéspedes del hotel nos atrasaban más y más. Parecía justo porque nosotros estábamos en mejor situación que la gente en el Superdome. Con las inundaciones que nos mantenían en cautiverio, los ladrones rondándonos, los cuentos de horror de los reporteros, y el coraje del alcalde, yo necesitaba un sentido de comunidad, de esperanza, de sentir que alguien me quería.
Mi punto de desesperación llegó el jueves. No ví al alcalde en todo el día y estaba convencida de que nos había abandonado. Pensé que me iba a morir en el hotel o en la calle tratando de escapar. Los autobuses que prometieron nunca llegaron. No había tomado agua en tres días. El hedor del tercer piso, donde se servía la comida, era insoportable porque los baños de ese mismo piso no se habían bajado en días. Las comidas eran deprimentes. Comíamos en la oscuridad. El calor era insoportable. No podía tocar mi cara con la mano sin que me diera asco mi propia suciedad. El agua que había guardado en la bañera para bajar el baño y darme baños de toallita se acabó. Para tener algo con qué bajar los baños, llegamos al punto de llenar cubos de agua (y vidrio roto) de la piscina del hotel y cargarlos a los cuartos (yo estaba en el piso 12). Me limité a ir al baño una sola vez al día. Y aun así estábamos mejor que otros.
Finalmente, pude hablar con mi hermana ese día. Ella también perdía la esperanza. Mi fuerza y mi paciencia se habían acabado. Quería escapar. Tenía que regresar a mis hijos. Con guardias armados en la puerta y todo allí yéndose río abajo, no tenía esperanzas, pero mi hermana me ayudó a crear mi propio plan de desalojo.
Si pudiera llegar al puente (a menos de dos millas del hotel) podría caminar al próximo pueblo (a 26 millas de distancia). Era muy peligroso caminar por las calles principales por los ladrones. No podía llevarme mi equipaje porque eso llamaría la atención de que soy un turista. Me llevaría mi tarjeta de crédito en el zapato, y vería si podía nadar por las calles inundadas. Tendría que memorizarme mi ruta de escape en caso de que perdiera el mapa. Teníamos planificado que saliera de madrugada (pensábamos que los ladrones todavía estuviesen durmiendo).
La alarma del viernes fue inesperada. Sonaron las sirenas de ataque aéreo en el hotel y nos dijeron que teníamos que bajar al tercer piso para desalojar el hotel. ¡LOS AUTOBUSES FINALMENTE LLEGARON! La Guardia Nacional estaba por todos lados. Después de horas de espera en el vestíbulo del hotel, caminamos por las aguas hasta llegar a nuestro autobús con la Guardia Nacional de escudos. Ni siquiera el chofer sabía a dónde nos dirigíamos. No necesitaba mi propio plan de desalojo de la noche anterior.
Terminamos en Dallas. Texas provocó la criminalizacion del huracán. Justo en las afueras de Dallas la policía Mesquite, , nos escoltó fuera de la autopista. Bajo la premisa de darnos cena, nos hicieron bajar de los autobuses y pasar por detectores de metal. Mientras merendábamos agua, frutas y galletas, la policía registraba nuestro equipaje (nos prohibieron sacar nada del autobús.) Nos retrasamos dos horas. El mensaje fue claro. Éramos algo temible, sin importar por lo que acabábamos de pasar.
Mientras rebuscaban mi equipaje, me pregunté si nuestro autobús lleno de pasajeros negros hubiese tenido el mismo tratamiento si no fuesen negros. Me pregunté si los ladrones en Nueva Orleáns hubiesen robado si tuviesen agua y comida inmediatamente después del huracán en vez de dos días después. ¿Eran realmente ladrones o meros desesperados? No sabía si los ladrones eran realmente ladrones o personas que llegaron al punto de la desesperación luego de ser ignoradas y olvidadas año tras año, meramente por ser pobres. Me pregunté si las comunidades de “los que no tienen” hubiesen reaccionado diferente si las comunidades de “los que tienen” pagaran mayores impuestos para proveer una mejor educación, mejores servicios sociales y más oportunidades para todos. No sabía si hubiésemos sido una sociedad que cuidaba más por el otro en la vida cotidiana, si entonces la compasión eliminaría la desesperación. Era poco lo que yo no hubiese hecho para obtener una botella de agua. Si mis hijos estuviesen conmigo, yo definitivamente hubiese llegado “demasiado lejos”.
Finalmente, luego de ser rechazados por dos refugios, ya estaba harta. Sólo quería bajarme del autobús y entrar en un taxi hacia el aeropuerto. Por más egoísta como me sintiera, quería llegar a casa. En un principio me prohibieron salir del autobús, pero después de mucha discusión, finalmente, me dejaron salir.
Doy gracias por haber podido reunirme con mis hijos, protegidos por mi hermana mayor, de estar de regreso a un trabajo que me encanta, rodeada de buenos amigos, colegas que me quieren, y a un tiempo atmosférico moderado. Pero me siento culpable de dejar a tantas personas atrás que no tienen nada.
Más allá de posesiones materiales, hay algo muy dañino acerca de no tener un lugar al cual llamar hogar, no importa cuán humilde ese lugar pueda ser. ¿Yo soy el encargado de mi hermano? Claro, ¿pero el contribuir con una buena causa realmente restaurará lo que perdimos en Nueva Orleáns?
No me convence. Creo que necesitamos dejar de tenernos miedo y comenzar a construir en Nueva Orleáns no sólo hogares, sino comunidades donde sea que nos encontremos.
(Christine Senteno es escritora independiente del este de Los Angeles. Comuníquese con ella por correo electrónico a: csenteno@airmail.com)
© 2005 Hispanic Link News Service
11/27/05
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