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Envuelta y con Lazo Navideño:
Una Leccion sobre la Herencia

Column No. 4157s HISPANIC LINK 12/04/05 Column 1

Mi hermano mayor Rey celebraba dos veces su cumpleaños: un la fecha que nació, el 8 de noviembre y la otra su santo, el 6 de enero, el Día de los Reyes, cuando en el México natal de mis padres también se intercambia regalos.

Sin duda alguna, yo le tenía celos. El tenía la posibilidad de recibir regalos dos veces, y yo sólo una.

Siguiendo la costumbre mexicana, mis padres pusieron nombres de santos a sus hijos. El “verdadero nombre” de mi hermano era “Rey”. Decía que entonces el Día de los Reyes era su segundo cumpleaños, un día para celebrar su nacimiento. A mí me pusieron Juan, preo nunca salí con las mías con el mismo engaño.

En nuestra casa la costumbre mexicana era empezar a celebrar la temporada sagrada el 12 de diciembre con la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe (santa patrona de México y de todas las Américas), después Las Posadas, culminando con el Día de los Reyes el 6 de enero.

Así fue que mi hermano se hizo con otro regalo de cumpleaños.

Para cuando habían acabado las fiestas, el árbol raquítico de nuestra casa se había marchitado. Con la calefacción constante de una cocina chimenea, me sorprende que hayamos sobrevivido nosotros mismos. Soñábamos con tamales, capirotada, y buñuelos, y no las ciruelas azucaradas de los ingleses.

Años atrás, mi hija más pequeña me pidió que fuera a su clase de segundo grado para explicarles cómo celebraban la Navidad sus abuelos. Después de describir las celebraciones navideñas de las familias mexicanas a sus compañeros de clase, rápido se dieron cuenta que ellos también podían ganarse dos regalos.

Uno por uno empezaron a describir sus propias herencias – griega, rusa, escandinava – y cómo sus abuelos inmigrantes celebraban la Navidad.

Todos hablaron animadamente de su herencia cultural. Sospecho que algunos regresaron orgullosos a casa, con un mejor sentido de dónde venían – además de un nuevo engaño.

Volví a recordar el valor de la doble celebración cuando un joven pasante mexicano del sur de Texas me dijo, “Tengo dos puntos en mi contra porque soy mexicano y hablo español”. A lo cual le respondí, “No, mijito, tienes dos cosas a tu favor. Eres más rico porque puedes comunicarte en dos idiomas y disfrutar de dos culturas”.

Qué pena que algunos de nosotros creamos que tenemos que optar por una cultura sobre otra, que el acogerse a una es traicionar a la otra.

No es cierto.

No es cuestión de y/o. Debemos tener orgullo por las dos.

Aprendí por primera vez la importancia de la herencia cultural cuando era niño, y el único de raza distinta en mi clase de Kinder. Un maestro sin sensibilidad me hacía tomar conciencia de mi “diferencia” constantemente.

Por fortuna podía volver a casa y volver a cargar mis baterias culturales. Mi madre me contaba cuentos de la riqueza de nuestra herencia mexicana, el calendario azteca, las grandes pirámides, Moctezuma, Cuauhtémoc, “el árbol de la Noche Triste” de Cortez, y mucho más.

Si bien nuestros hijos desarrollan estilos de vivir y calidades personales que los hacen únicos al pasan por sus propias experiencias vitales en nuevos ámbito, no hay que menospreciar nunca la importancia de su herencia cultural, esas tradiciones refinadas que son el fundamento de todo árbol familiar.

Nos sobran opciones culturales que escoger. Mi hermano, con sus dos regalos, sabía lo que hacía.

(John Flórez, residente de Salt Lake City, escribe una columna semanal para The Deseret News allí. Ha sido fundador de varias organizaciones de cultura y derechos civiles hipanos. Comuníquese con él por correo electrónico a: jdflorez@comcast.net)

© 2005, Hispanic Link News Service
12/04/05
FIN

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