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El Policia se une a Buscar a José,
Quien Huyo de Casa

(NOTA A LOS EDITORES: Esta semana Hispanic Link le envía nuestros tercer y cuarto artículos sobre niños hispanos que se han perdido. Los artículos 1 y 2, distribuidos a nuestra lista de empresas mediáticas durante el verano, siguen siendo vigentes. En caso que no los haya impreso y quisiera incluirlos como una serie de cuatro partes, los encontrará adjunto. Héctor Ericksen Mendoza, 202 238-0705).

(El presente artículo forma parte de una serie sobre niños hispanos perdidos).

Column No. 4171 HISPANIC LINK 1/2/06 Column 2

Hacía tres meses que no se sabía nada de José Veloso, de quince años. Se escapó por la ventana de su dormitorio en la casa de sus abuelos, en Reston, Virginia, a las dos de la mañana, el sábado, 7 de mayo, del año pasado.

Los abuelos de José lo habían criado a él y a su hermana Daniela, que le lleva un año, desde que nacieron en Venezuela. La madre de los niños trabajaba y el padre los dejó cuando ambos eran bebés. En 1997, cuando José tenía siete años, la familia emigró a los Estados Unidos, estableciéndose en Reston.

Silvia y Mario, los abuelos de José, se hicieron cargo completamente de los hermanos hace cinco años cuando muriera su madre de cáncer. El abuelo Mario es ingeniero de edificios, y su esposa, Silvia, quien es ciega, cuida a los niños en su casita pintoresca de dos pisos, la que mantiene inmaculada.

Los niños hablan español en casa e inglés en la escuela.

Al escaparse de casa esa noche en mayo, José se convirtió en uno de unos 200,000 latinos que se pierden en los Estados Unidos cada año, de acuerdo con estadísticas del Departamento de Justicia y cálculos del National Center for Missing and Exploited Children.

El cabello de José es negro y lo lleva corto. Es alto y delgado, unos 5 pies 10 pulgadas de alto, y sigue creciendo. Tiene la tez color leche con chocolate, y rasgos limpios y llanos.

Es un chico excelente, según los amigos con quienes pasó tiempo antes de fugarse de casa. Tenía metas y ambiciones, dijo un amigo, entre ellas trabajar de mecánico de autos. Los fines de semana solía acompañar a su abuela a la iglesia y con su hermana y primos ir al cine.

José también es el chico al que encontraron fumando marihuana, y al que suspendieron a largo plazo de la escuela secundaria South Lakes, en la que cursaba su primer año de estudios. Antes de escaparse pasaba los días en casa con su abuela, trabajando con tutores que le proporcionaba la escuela, para que se mantuviera al día con sus estudios.

Es posible que el tiempo que tenía que pasar en casa lo ahuyentara. Su primo Joshua, de catorce años, dijo que había oído a José contar que se le trataba como a un esclavo, obligado a limpiar la casa sin tregua. (La hermana de José, Daniela, contradijo este comentario: “Mi abuela limpia todo”).

La abuela Silvia explicó que había pedido a José que colaborara con la limpieza de la casa para no tenerlo frente al televisor y comiendo todo el día. Se rió al contar esto, pero después se preguntó en voz alta cómo estaría alimentándose fuera de casa.

Silvia recuerda las llamadas por teléfono que recibió de un anónimo cuando todavía seguía perdido José. Aunque no pronunciara palabra, reconoció la respiración de José. Se mantuvo al teléfono, oyendo a su abuela decirle cuánto le echaba de menos, rogándole que volviera a casa.

Silvia es muy religiosa, como muchas personas de su comunidad natal de Santiago, Chile, y luego de Venezuela. En Reston es participante dedicada de la iglesia Cristiana Bautista y habla con regularidad de su fe. Según uno de los amigos de José, se fue de casa porque su abuela era muy estricta, y él quería más libertad. Mientras estuvo fuera, José se quedó en Reston. Vivió con amigos, aunque otro grupo diferente del que había compartido la mayor parte de su tiempo en años anteriores. La mayoría era también hispana.

Conocidos de la familia lo vieron en campos de recreación locales y algunos llamaron a Silvia para que pudiera ponerse en contacto con las autoridades y pedir su ayuda.

Silvia expresó frustración con la ayuda institucional que recibiera.

Nancy Caracas, trabajadora social a cargo de José en el National Center for Missing and Exploited Children distribuyó la fotografía de José a comercios locales. Dijo que la policía siguió el protocolo para un muchacho de la edad de José, pero que durante semanas no logró hallar pistas productivas.

En casos como el de José, nueve de diez niños son hallados o vuelven a casa por su cuenta, explicó.

Mientras sus abuelos asistían a la iglesia el 19 de junio, José les dejó una nota en la puerta principal de la casa. Le deseaba feliz Día del Padre a su abuelo y le decía que no se preocupara, que él estaba bien.

Con ansias Silvia aguardaba el momento en el que pudiera hablar con José cara a cara para preguntarle en qué había fallado, que por qué se había ido.

Tuvo la oportunidad de hacerlo el 9 de agosto, cuando la policía llegara a su puerta.

(A continuación: José ofrece algunas respuestas)

(Jake Rollow es escritor independiente en Washington, D.C. Comuníquese con él por correo electrónico a: jakerollow@yahoo.com)

© 2006, Hispanic Link News Service
1/2/06
FIN

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