| Braceros Mexicanos Cobran una Deuda Vencida
Hirám Soto
| Column No. 4176 |
HISPANIC LINK |
1/16/06 |
Column 1 |
Se subieron a autobuses y partieron para el norte millones de hombres de brazos fuertes, dispuestos a cosechar nuestra fruta y verduras cuando hubo escasez de mano de obra en los Estados Unidos durante la segunda guerra mundial.
Vivieron apartados de sus familias durante años, obrando bajo condiciones extenuantes, a veces humillantes. La mayoría no sabía que México y los Estados Unidos habían concordado en reservar parte de sus salarios para financiar un fondo de pensiones – un fondo que nunca apareció.
Se les conoce como braceros: el producto olvidado de un programa de trabajadores temporales entre los Estados Unidos y México.
A más de 60 años de entonces, algunos de los mismos trabajadores volvían a subirse a un autobús, esta vez desde el pueblo fronterizo de California, San Ysidro, a sólo unos días de la Navidad.
Pero no se iban al norte.
El autobús seguiría un trayecto hacia el sureste, al pueblo fronterizo en México, Mexicali, para recoger un documento que les otorgaría el derecho a cobrar casi $4,000 cada uno, como compensación del gobierno mexicano.
Como en antaño, se reunieron antes del alba. De lejos parecían un grupo de jornaleros con tejanas y botas fuertes. Sin embargo tenían la tez arrugada y curtida de años de trabajo bajo el sol. Sus cuerpos, frágiles.
Más de 8,000 anteriores braceros que viven en México y en el sur de los Estados Unidos comenzaron a cobrar su pago el mes pasado, producto de años de protestas iracundas, aveces violentas, de ambos lados de la frontera, que exigían retribución para los trabajadores de lo que les habían prometido.
Los braceros del autobús de San Ysidro eran algunos de los más ancianos – todos nacidos antes de 1930. Y, aunque no estuvieran registrados con el gobierno mexicano, se les hizo una excepción y fueron incluidos en la lista de compensados.
Se intercambiaron pocas palabras durante el viaje, que duró tres horas. Nadie habló de sus años en el campo, sobre el país que dejaron atrás o ni siquiera de sus hijos, nietos o bisnietos.
El autobús los llevó a Caléxico. “Aquí fue donde nos tiraron polvo”, dijo Baldomero Vázquez, de 79 años, quien recordaba cuando Caléxico era punto de entrada hacia el norte. “Nos tiraron polvo para espantar las pulgas, pero yo no tenía pulgas”, recordando que se le “empolvó” once veces durante su carrera de bracero, de once años.
Desde allí cruzaron a pie la frontera a Mexicali, algunos con bastones, otros con andadores. Algunos llevaban la merienda en bolsas, mientras que otros cargaban sillas pesadas de metal. Un organizador les había advertido que faltarían sillas en la Secretaría de Gobernación.
Vázquez viajó a Mexicali no sólo para cobrar el dinero, sino también por su dignidad. Emprendió el viaje en honor a su esposa, ciega y doliente en un hospital en San Diego, y por su hija, muerta de cáncer en junio.
Le gustaba la idea que el país que no pudo ofrecerle un futuro le diera una compensación. Un país que hasta se robó diez por ciento de su mísero salario.
La mayoría de los braceros nacieron pobres y continúan viviendo en la pobreza hasta hoy. Muchos sentían que se habían vuelto cargas para sus familias, quienes los han acogido.
“Ninguno de mis hijos se merece un centavo de lo que voy a recibir”, dijo Luis Morales Ybarra, de 83 años, quien crió a sus hijos en México con remesas mensuales del norte.
Raymundo Ulloa iba en representación de su padre, quien había fallecido. “Estoy aquí porque quiero ver que se haga la justicia”, dijo. “Mi padre nos envió todo el dinero a nosotros. Yo tenía cuatro años cuando se fue. El no sabía que el gobierno se estaba quedando con su plata”.
El gobierno mexicano aprobó aproximadamente $30 millones en el 2005, a distribuirse por igual entre los braceros registrados. Aprobó recientemente un monto similar para el 2006, y dejó abierta la posibilidad de aprobar más en años venideros.
Más de 100,000 braceros han registrado algún tipo de documentación con el gobierno o con organizaciones de braceros de ambos lados de la frontera. Se anticipa que México ofrecerá un segundo periodo de registración este año.
El padre de María Guadalupe Morán murió de derrame cerebral el año pasado, a poco tiempo antes que México anunciara que ofrecería alguna compensación. “El dinero es lo que menos me preocupa”, indicó. “Esta fue su revolución”.
No obstante, ese día reciente en Mexicali, la revolución demoró. El gobierno asignó a sólo una persona para procesar a los 56 braceros del condado de San Diego. La espera de cinco horas se alargó hasta más cuando llegaron otros 20 de Los Angeles.
Los que no llevaron sillas se sentaron en el suelo en un pasadizo angosto. Algunos hombres que habían llevado sillas se las ofrecieron a las mujeres, en lo que la espera se extendió hasta altas horas de la tarde.
Cansadísimo al final de su largo trayecto, Vázquez dio voz al lamento compartido, “Debieron habernos devuelto el dinero hace mucho tiempo”.
(Hirám Soto es reportero con Enlace, un periódico semanal en español que se edita en San Diego, California, y que es miembro de la organización, New California Media)
© 2006, Hispanic Link News Service. Re-impreso con permiso del autor.
1/16/06
FIN
|