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Un Recuerdo del Dia de la Madre --
¿Muerte de un Vendedor?

Column No. 4228 HISPANIC LINK 05/07/06 Column 1
Día de la Madre (EEUU) 14 de mayo
Día de la Madre (México) 10 de mayo

Fuera un traje enterizo o un vestido de gala, mamá cosía prendas dignas de la Quinta Avenida. Mi familia pasó la década de los cincuenta en un apartamento apiñado del South Bronx, pero la magia de mamá con la tela, el hilo y la máquina Singer portátil nos elevaba más allá de las rebajas de sótano a nuestro alcance. A mí me encantaba todo lo que tenía que ver con su habilidad de costurera.

Menos ir a comprar la tela.

Mamá era de Puerto Rico. Me engullía su arroz con habichuelas con gusto, giraba al son de los mambos que vociferaba su radio, y adoraba los cuentos de la vida que tuvo en el cafetal de su padre en Mameyes. Pero, cuando de ir de compras se trataba, yo quería que se comportara como las madres de Nueva York -- entrar en una tienda, escoger algo, pagar el precio, y salir.

Mi mamá tenía otras ideas. Su acento y rasgos indígenas daban a pensar a algunos que era menos que lista. Le encantaba aprovechar la percepción: “Me hago la estúpida”, decía guiñando el ojo.

De los 6 a los 16 años, iban así las excursiones para comprar telas para la ropa de la escuela: Entraríamos a una tienda pequeñísima, polvorienta, haciendo sonar la campana con un ca-chín. Mamá se pasea entre los pasillos apretados pasando por pilas de algodón, lana, tafetá. Yo troto detrás de ella, miserable, pateando bolas enormes de polvo de lana, respirando el olor almidonado del apresto.

El propietario es un hombre calvo y barrigón. Tiene colgadas unas tijeras de una cinta alrededor del cuello. Mamá lleva aspecto de perdida, los ojos muy abiertos. El vendedor la ve con mirada de cazador captando una presa.

Arrastrando los pies, se nos acerca, berreando, “¿Qué quiere usté? ¿Algodones, lanas? Todo tenemos. No tiene pa’qué irse a otro lado”.

“You haf corro-droy? (¿Tiene pana?) mi mamá titubea con arte, pronunciando mal el inglés.

El hombre erradia felicidad.

“Claro que tenemos. Tenemos gruesa. Tenemos delgada. ¿Qué quiere? ¿Negra? ¿Azul?” El hombre baja rollos, con un ruido sordo los volteaba, y despliega olas tiezas de tela.

Mamá con timidez pregunta, “¿Tiene verde?”

El vendedor despliega un verde oscuro.

“Ese color es bonito, mamá”, le digo. Me punza con mirada de láser nuclear. Acabo de romper una regla de hierro. Nunca hay que admitir que te gusta algo.

“Seguro, señora. Esto es lo que usted quiere. A sólo $1.50 la yarda”. El hombre se dirige a la mesa para cortar, rollo bajo el brazo.

“Pero por ser tan simpática, para usted lo dejo en $1.25 la yarda”.

“¿Un dólar veinticinco?”, chilla mi mamá con horror. “¡Oh, no!”

Me escondo detrás de las franelas, con la esperanza que la gente piense que he venido sola.

“¿Cuál es el problema?” pregunta el vendedor. “¿Le parece mucho? Eso es barato, señora. Es de lo mejor, cien por ciento algodón. Nunca se desgasta”. Estira la tela para mostrarle su calidad de hierro. Mamá resopla sobre el precio. En la frente del hombre se ve el sudor. El precio desciende a un dólar. Cuando llega a los 89 centavos, mi mamá acepta recelosa.

Pero cuando las tijeras del hombre van a romper el primer hilo, mamá suelta un grito agudo, “¿Qué es eso?”

“¿Qué?” dice.

Con el dedo mamá apunta a un hilo jalado, un variante en el color. “¡Un defecto!” declara.

Una cosa que aprendí de mamá – siempre se puede encontrar un defecto.

“¿Un defecto?” chilla el hombre. “Ese no es un defecto, señora. Así es la tela. No lo ve nadie”.

Mamá abandona fingir la estupidez. Ferozmente se niega a comprar bienes inferiores. Me tira de la mano, yendo hacia la puerta. Le sigo a tropezones, soñando con ropa comprada en la tienda.

“Ese no es ningún defecto, señora. ¿De dónde es usted? Tal vez de Cuba, en donde algo se vende por nada, pero no aquí”. Sigue con su perorata, hasta sentir el punzón frío de la puerta abierta. “Okay, señora. A setenta y cinco centavos”.

Mamá asiente, y entonces viene la peor parte. El vendedor estira al máximo la tela como si fuera el cuello de mi mamá, y tuviera ganas de romperlo. Las tijeras rasgan. Escribe violento la factura. Me retuerzo bajo su mirada furiosa. Terminada la transacción, el hombre tira de la puerta, haciendo chillar la campana.

Salimos al son de sus gritos furiosos – “Sabe, tengo hijos que alimentar. Vendo a estos precios, no tienen ropa; no tienen comida. Soy un hombre enfermo, señora. Con esta exasperación, aquí mismo caigo muerto”.

La gente mira. Me ruborizo. Mamá se dirige contenta al metro.

* * *

Un día, cuando tenía trece años, llegué para encontrar la casa vacía. Sonó el teléfono. Era mi hermana, Sylvia.

“Mamá y yo vamos a llegar tarde”, me dijo. “Estamos en la tienda de telas esperando una ambulancia”.

“¿Una ambulancia?” pregunto.

“Sí. Al vendedor le dio infarto”.

Mamá nunca se comportaría, pensé, colgando el teléfono. Y ahora mi joven pensamiento estaba seguro que al final había matado a un vendedor de telas.

(Annette Amelia Oliveira vive en Oakland, California. Está escribiendo la biografía de su madre puertorriqueña. Comuníquese con ella a: annetteo@earthlink.net)

© 2006, Hispanic Link News Service
05/07/06
FIN

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